La alquería

Patrimonio transformado_ Jaime Alcayde, arquitecto.

Las viviendas aisladas situadas en el campo suelen tener nombre propio, el apellido o el apodo del antepasado propietario, el nombre de un lugar o de algo que les identifique. Pueden ser casas de campo, fincas, villas o masías… pero se da una circunstancia muy característica cuando a su nombre le precede el término alquería.

La alquería es un tipo de construcción cuyo nombre ya la hace única, y determina muchas cosas. Decir alquería no es decir casa de campo, es hablar de la historia y del modo de vida del medio rural valenciano. No todas las casas aisladas de l’Horta son alquerías, solo algunas llevan ese nombre.

Como se puede intuir, la denominación proviene del árabe al-qarya, que se refiere a un pequeño núcleo de viviendas rurales organizadas alrededor de una torre defensiva e independientes de los núcleos de población o ciudades. Pero el significado del término cambió a partir de la reconquista cristiana, cuando dese entonces se utilizó la palabra alquería para referirse a una sola construcción rural, como unidad de explotación agraria independiente, aunque formada por diferentes volúmenes que daban cobijo a diversas familias y que podían cumplir varias funciones a la vez.

En general, la alquería era la segunda vivienda del señor terrateniente, a la que se desplazaba con su familia en temporadas intermitentes, cuando salía de su palacio urbano. De este modo, ocupaba la planta primera de la misma a modo de ‘planta noble’, que podríamos identificar por sus ventanas ajimezadas divididas por una columnilla al estilo del palacio gótico. La planta baja era ocupada por los enseres del trabajo en el campo, los establos o cuadras, el almacenaje de la cosecha y en ocasiones la vivienda de los jornaleros. También la alquería podía convertirse en un pequeño centro de producción de vino o aceite. Encontramos algunos de estos primitivos ejemplos en la Alquería del Moro, s. XIV (camí de Burjassot, València), la Alquería de Pino Hermoso, s. XVI (Borbotó) o la Alquería de la Closa, s. XIV (Xirivella) donde se dice que Ramon Muntaner empezó a escribir su Crònica.

Después de la crisis del s. XVII, el concepto y la forma de las alquerías volvió a cambiar. A partir del XVIII, se convertiría en el centro de la vida de una pequeña comunidad de propietarios que vivían allí permanentemente, dedicados a la explotación agraria y a una de las actividades económicas que revolucionó entonces la economía valenciana: la producción de tejido de seda. Antes de ponerse en marcha los grandes telares de las fábricas, el material se producía en cada una de estas unidades económicas familiares, que plantaban morera, criaban el gusano, y hervían los capullos para obtener el preciado hilo. La actividad alcanzó tal importancia que llegó a ocupar la planta primera de las alquerías de l’Horta de València, donde se situaban unas estructuras de varios pisos de cañizo, para albergar las ‘camas’ donde se criaban gusanos de seda. Así, la vivienda de los propietarios paso a ocupar la planta baja, donde convivía con los espacios de almacenaje, los animales y la vivienda de los jornaleros. Todo convenientemente separado y articulado en torno a un patio interior, con diferentes volúmenes construidos.

Quizá la arquitectura de la alquería del XVIII se hizo más sobria, a la vez que majestuosa. Las unidades de explotación agraria y sedera necesitaban más espacios, y ganaron en complejidad. De aquí nace la imagen de la alquería que tenemos hoy en día, y que representan ejemplos que han llegado hasta nuestros días como la Alquería del Magistre (Alboraia), la Aquería de Falcó (camí de Moncada, València), la Alquería de la Torre (camí de Burjassot, València) o algunas de las alquerías del Camí del Pouet de Campanar.

Por suerte, existen aun hoy muchos ejemplos de alquerías que siguen en pie. Pero al plantearse cómo dar cabida a la conservación, uso y mantenimiento de esas construcciones centenarias, nos situamos de nuevo al borde del abismo. ¿Qué hacer con estas enormes estructuras que en su mayoría han perdido su función agrícola?

Uno de los caminos que se pueden tomar es la adquisición municipal y transformación para su uso público. La Alquería de la Closa pertenece al Ayuntamiento de Xirivella, salvaguardada como la más antigua construcción del municipio. En València se han rehabilitado un buen número de alquerías como la de Barrinto en el parque de Marxalenes, ahora biblioteca y centro de exposiciones, o la de Albors en Orriols. La Alquería del Moro está en proceso de rehabilitación y la maltratada Alquería de Falcó fue adquirida en 2017 con intención de ser también renovada.

Otros ejemplos de conservación se deben al esfuerzo y la inversión de propietarios que han rehabilitado estas alquerías bien como vivienda particular (Alquería de Pino Hermoso, en Borbotó o Alquería de la Tanca, en El Puig), bien para darles un uso que proporcione un rendimiento económico (un restaurante el la Alquería del Brosquil, en Castellar, un museo y centro de eventos en la Alquería del Magistre o un hotel rural en La Mozaira, ambas en Alboraia).

También las alquerías no conservadas pueden ser producto de estudio y musealización a partir de las excavaciones de restos arqueológicos. Un caso muy particular es el de la bodega del s. XV perteneciente a la Alquería del Comeig, conservada dentro de las instalaciones de Bom

bas Gens Centre d’Art, en València. Durante las obras de rehabilitación de las naves de este centro, la pala excavadora se encontró con este espacio en el subsuelo del antiguo camino de Marxalenes, y la dirección del centro decidió rehabilitar e incorporar los restos al mismo. De hecho, le dedican ahora una interesante exposición hasta el 13 de octubre: ‘Herències. Les alqueries de l’horta de València’, junto a programadas visitas guiadas al espacio.

En relación a estos ejemplos, se puede deducir que se necesitan más inversiones, públicas o privadas, para conservar y hacer llegar estos pequeños trocitos de historia de la cultura y el campo valenciano. Como se ha visto, los esfuerzos por llegar a ello no son pocos, y se trata de seguir en la línea de puesta en valor de estas pequeñas construcciones que han hecho posible conservar precisamente la parte del paisaje no construido, la tan preciada Huerta.

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