ADELAIDE

Escrito por JESÚS PIQUER BESTUER.

Valga este relato como sentido homenaje a los incomprendidos, a los tullidos, autodidactas, raros, diferentes, locos, a todos aquellos que se embarcan en batallas perdidas.

ADELAIDE
No hace mucho. En el mismo sitio y con la misma gente.

-«Sí. Soy Abundio. Pero que conste que yo no vendí mi moto para comprar…»
-«Enséñanos pues la moto, Abu». Grita la princesa de labios de fresa.
Todos ríen la gracia, lo señalan y lo zarandean.
Hasta que se aburren y se ponen a ver una película en la televisión.
«¡Ay-jo, ay-jo!
Al bosque a trabajar, los enanitos buenos tenemos que curra-a-ar.
¡Ay-jo, ay-jo, ay-jo, ay-jo, ay-jo, ay-jo ay-jo!
-«Y encima con cachondeos de amor al trabajo». Ironiza Inframán.
-«Hermanos, ora et labora. El trabajo dignifica».
Susurra el filósofo.
Un anuncio interrumpe la emisión: «Fábrica de Santa Clara Cabral, virgo de artesanía emocional».
Abundio aprovecha el receso y se va a su habitación.
Al pasar por el refectorio observa inciensos exóticos para el amor, así como jabones y aceites esotéricos. Todos llevan su etiqueta. Suerte rápida, amor pasional, quédate conmigo, invisibilidad, magnetismo, locuacidad, leer el pensamiento, teletransportación. Cogió este último y de repente se vio en su habitación sentado frente a su ordenador.

Mi única evasión era conversar a través de un chat de una web desconocida para solteros exigentes de todo el mundo. Incorporaba traductor.
Pronto congenié con una chica que estaba justo debajo de mí, es decir, en Nueva Zelanda. Fue un error, en poco tiempo me enamoré perdidamente. Ahora bien, nuestras vidas, nuestras costumbres eran tan diferentes, pero nos queríamos tanto.
Con el transcurrir de los meses conocí gente de los lugares más recónditos del mundo.

Al fin me hice el ánimo. Preparé con minuciosidad mi plan. Me gasté todos mis ahorros en provisiones: comida, brújula, ropa de abrigo, hilo dental, paraguas, preservativos…
Y aproveché un día que nos sacaron a dar un paseo en globo.
Mientras el resto merendaba con los monitores…
-«¿Ese que está soltando amarras no es Abundio?» Comentó tranquilamente su amigo Fabricio.

Navegué en el océano durante 15 largos días con sus respectivas noches, al amparo de las suaves brisas que me regalaban los vientos alisios, hasta que una fuerte corriente monzónica me dio una terrible sacudida, desmayándome al golpearme con el caldero y cayendo irremediablemente al agua.

Desperté en una playa paradisíaca. Entré en pánico. No sabía dónde estaba. Me puse a buscar gente y en una pequeña cala vi una pareja tomándose selfies. Resultaron ser de Albacete, me dijeron que estaba en Phuket, Tailandia. Me había desviado muchísimo. Y ahora no tenía transporte ni dinero. Se tomaron unas fotos conmigo para su Facebook y me llevaron con su coche a una comisaría de policía. Nos despedimos, les di mi Face, para hacernos amigos y que me pasaran las fotos.

En la comisaría me pidieron el pasaporte. Lo olvidé con las prisas. Me encerraron y solo me permitieron una llamada. Llamé a mi amada Adelaide Riley, supuestamente a Nueva Zelanda, pero contestó una voz muy sensual diciéndome:
-«Óyeme, papito, quizá hemo llegao demasiao lejo, tú sabe. Llevabas un tiempo sin platicar, y ay, amorcito, han pasao tanta cosas… No fui sincera del todo contigo, no soy neozelandesa. Lo siento mucho, pero no puedo ayudarte, cielito. Ademá, eto día he conocío a un japoné en nuestro cha, tú sabe. Y creo que etoy enamorá. Cuídate, mi mimosito».

Después de pasar por varios antros y cárceles a cuál peor, y dedicándome en todas ellas a hacer calceta, me tomaron por ido y me deportaron.

Y aquí estoy de nuevo sentado frente a mi ordenador. Y nada más encenderlo:
– » Konichiwa, Abu. Soy el japonés pescador de tu amol. Yo en prisión. En el Salvador. Ven a rescatarme. Yo dulce azucarito en boca de lobos. Culito fino. Mi barca remar, remar pero no soportar tempestad. Y con las prisas olvidar pasaporte».
«¡Hombre, Haruto Tokahashi, cuánto tiempo. ¡Ya decía yo que no te conectabas, han pasado tantas cosas…!
No te fui del todo sincero, no soy sudamericano. Espero que lo entiendas. Suerte. Hazte tatuajes para que parezca que perteneces a las maras. Ánimo». Y salí del chat.

Curioso, ¿no? Al japonés recuerdo haberle enviado el elixir «Quédate conmigo».

A ver si va a ser el japonés de Adelaide.
Si es que el mundo es un pañuelo.

JESÚS PIQUER BESTUER.