El regalo de Navidad

Autor: Jesús Piquer Bestuer.

Hospital Psiquiátrico de Valencia. Hoy mismo.

-«Abundio, cuéntanos otra vez esa historia del regalo de Navidad».

Una anciana de bello porte de unos noventa años de edad se acercó hasta él y, dándole un beso en la mejilla, le dijo:

«Vamos, hazlo por mí, por la bella Otero».

Abundio que llevaba colgando en el pecho el medallón de Santa Lucía no tuvo más remedio que tomar asiento y a su alrededor empezaron a sentarse otros internos que no iban a dejar escapar la oportunidad de escuchar aquella historia.

Hasta él se acercaron varios reclusos, entre ellos Fabricio, un avezado espiritista que siempre llevaba encima sus cartas del tarot. Otro de los que se acercó era un filósofo venido a menos, con su capirote de papel y tocado con el don del saber. Tampoco Alejandra se lo quería perder, una zarina en horas bajas con problemas de onicofagia. Se creía la princesa de Vardensbinia.

Por último, se arrimó un señor de cuidados bigotes y luciente calva, con gabardina gris, que aseguraba ser de la secreta y pertenecer al politburó.

Todos empezaron a hablar a la vez. Parecía una casa de locos.

-«¡Cuéntanos, Abundio!» Y lo escrutaban con ojos miopes.

-«¡Empieza ya, que el público se va!» Y lo miraban, como lo podían mirar al pasar las pálidas almas de las muñecas muertas.

-«¿Qué es la obstinación sino la consecuencia más extrema del yo reinando con desesperación?». Dijo gritando el filósofo. Y luego pensó para sí: Si quieres tener una cualidad, actúa como si ya la tuvieras.

-«¡Deus mortuus est. Ave Satani!». Exclamó Fabricio con los ojos blancos y la mirada vuelta hacia dentro.

-«¿Qué queréis que os cuente?»

-«¿Qué queremos que nos cuentes?»

Es increíble como la gente repite lo que uno acaba de decir. Esto debe de ser fruto de la supinación cerebral, pensó Abundio.

Y para no postergar su relato empezó así:

«Ya no se es uno mismo y, cuando ya no se es, se es cualquier cosa, ahora bien yo antes sí lo era y todo empezó una tarde gélida de diciembre de 1996, pues no sé si sabéis que yo hice la mili en Madrid.

Pues como os iba diciendo, una fría tarde de finales de diciembre salí a pasear por el centro, iba mirando escaparates por el paseo de la Castellana cuando vi una óptica. Mi novia de entonces necesitaba unas gafas, de manera que pensé ¿y si le compro unas?

Después de ver unas cuantas, me decidí por unas redondas con montura negra. Las pagué, la dependienta me las envolvió y al marcharme se ve que en vez de coger el paquete de las gafas cogí otro muy parecido que había al lado. El paquete contenía unas bragas que una clienta de la óptica acababa de comprarse en una corsetería.

En ese momento no me di cuenta de la equivocación, y me fui directamente a Correos. Desde allí envié el paquete a mi novia, junto con una carta.

Mi novia al recibirlo se quedó extrañadísima con el contenido, así que abrió la carta y leyó:

«Querida mía:

Espero que te guste el regalo que te envío, sobre todo por la falta que te hacen, ya que llevas mucho tiempo llevando las mismas y estas son cosas que se deben de cambiar de vez en cuando.

Espero haber acertado  con el modelo.

La dependienta me dijo que eran la última moda, de hecho me enseñó las suyas y eran iguales. Yo, para comprobar si eran ligeras, las cogí y me las probé allí mismo. No sabes cómo se rio la dependienta, porque esos modelos femeninos en los hombres quedan muy graciosos y más a mí, que sabes que tengo unos rasgos muy prominentes. Una chica que había allí me ayudó también a decidir. Me las pidió, se quitó las suyas y se las puso para que yo pudiera ver el efecto. A esta chica le lucían menos que a la dependienta, porque el pelo se las tapaba un poco por los lados, pero aún así, me pareció que le favorecían muchísimo.

Finalmente, me decidí y te las compré. Póntelas y se las enseñas a tus padres, hermanos y, en fin, a todo el mundo, a ver qué dicen.

Al principio te sentirás rara, acostumbrada a ir con las viejas, y últimamente a no llevar ningunas… pero sobre todo, mira que no te estén pequeñas, si no te van a dejar señal cuando te las quites.

¡¡Ah!!, y ten cuidado también de que no te esten grandes, no sea que se te caigan cuando vayas andando.

Para que te sean útiles y resulten más bonitas, me han aconsejado que las limpies muy a menudo.

Igualmente me recomendaron que tengas cuidado con los roces porque se acaban estropeando. Llévalas con cuidado y, sobre todo, no vayas a dejártelas por ahí y las pierdas, que tú tienes la costumbre de quitártelas en cualquier parte. En fin, para qué te voy a decir más… Estoy deseando vértelas puestas. Creo que este es el mejor regalo que puedo hacerte.

Un beso de tu Abundio.»

Autor. Jesús Piquer Bestuer.

Jesús Piquer Bestuer