Abanicos Guzmán reabre en el corazón de Aldaia tras la DANA
Pilar Moreno
En pleno barrio de la Saleta, con vistas al barranco de Aldaia, la tienda del histórico taller artesanal Abanicos Guzmán ha vuelto a abrir sus puertas tras la devastadora barrancada provocada por la DANA de octubre de 2024. La reapertura no es sólo la de un comercio de proximidad: supone la recuperación de una parte esencial de la memoria, la identidad y el tejido productivo del municipio. La riada arrasó el local, el almacén y varias producciones ya terminadas, compuestas por piezas únicas y materiales de alto valor artesanal. A las pérdidas materiales se sumó un fuerte impacto emocional, en una circunstancia especialmente dura que llevó al responsable del taller a plantearse seriamente si tenía sentido volver a empezar. A pesar de todo, el oficio nunca se detuvo del todo. Entre daños, incertidumbre y golpes emocionales, el taller siguió trabajando como pudo, sostenido por la convicción de que cerrar habría supuesto perder mucho más que un negocio: habría significado dejar morir una tradición transmitida durante generaciones.
La reapertura de la tienda, tras las pasadas Navidades, ha sido posible en buena parte gracias a una intervención solidaria impulsada por otro negocio local Gadddi Atelier, ubicado en el mismo barrio y también duramente afectado por la barrancada. Su gerente, Alfredo Fernández, explica que desde el primer momento decidió implicarse de manera completamente altruista para ayudar a que la fábrica palmitera, hoy en manos de Carlos Taberner, pudiera volver a la vida. Todos los trabajos de rehabilitación se han realizado sin repercusión económica para Abanicos Guzmán, con un enfoque claro: “recuperar el espacio sin imponer nada, respetando su alma artesanal”, señala Fernández. Un gesto que se convierte en un ejemplo de solidaridad entre iguales, entre comercios golpeados por la misma catástrofe, y que no ha sido un caso aislado, ya que desde Gadddi Atelier se ha ayudado también a otros negocios del barrio en su proceso de reconstrucción. La actuación ha sido profundamente respetuosa con la identidad del taller. Se han empleado materiales naturales y técnicas coherentes con el uso artesanal del espacio. Las paredes y techos se han trabajado con estuco de cal aplicado a mano, buscando textura, transpirabilidad y un envejecimiento digno con el paso del tiempo. El suelo se ha ejecutado con microcemento de cal continuo y sin juntas, de carácter neutro, para que los verdaderos protagonistas sigan siendo los abanicos. En la parte superior del local se han incorporado acabados oxidados muy sutiles, aportando profundidad y carácter, en un diálogo sereno entre lo antiguo y lo contemporáneo. Además, en algunos puntos se han dejado rotos intencionados en las paredes, mostrando el ladrillo original del edificio no como deterioro, sino como memoria visible de su historia y de lo vivido durante la embestida del agua.
Abanicos Guzmán, tercera generación
Al frente del taller se encuentra Carlos Taberner, representante de la tercera generación de la saga familiar y marido de la nieta de Manuel Guzmán Folgado, fundador del taller. Su relación con el oficio comenzó en 1992, cuando empezó a aprender el trabajo del abanico desde dentro del propio taller, formándose junto a su familia política. En 2001 fue contratado formalmente, consolidando una dedicación que ya era plena, y desde 2018 está al frente de la empresa, asumiendo la responsabilidad de dirigir uno de los talleres artesanales más emblemáticos de Aldaia. Es habitual encontrar en el taller a Manolo Guzmán, hijo del fundador y suegro de Carlos. En estos quince meses transcurridos desde la barrancada no ha perdido la sonrisa, aunque tampoco la emoción al recordar la devastación vivida y la alegría que acompaña ahora al resurgir del taller.
Para el actual gerente, la reapertura y la ayuda de Gadddi Atelier “han supuesto un auténtico trampolín para seguir adelante”, y añade que, después de todo lo vivido, “esto es una vuelta a la vida”. Subraya además que el gesto solidario de su vecino Alfredo Fernández “ha sido impagable: no ha impuesto nada, ha respetado el oficio y nos ha ayudado a levantarnos cuando todo parecía perdido”. Aunque todavía quedan carencias, especialmente en el almacén -donde se perdió gran parte del material, piezas de alto valor y varillajes, y donde parte de las paredes fueron literalmente arrancadas por la fuerza del agua-, Taberner asegura que la clientela ha sido comprensiva y cercana. “Me han ofrecido ayuda económica, pero el apoyo moral que he recibido ha sido más que suficiente”, afirma, agradecido también por la ola de solidaridad espontánea que llegó desde el primer momento por parte de muchísimas personas.
Un taller de antes de la Guerra Civil
La historia de Abanicos Guzmán se remonta, según la tradición oral, a antes de la Guerra Civil. Aunque numerosos documentos se han perdido —entre ellos un valioso listado de un antiguo sindicato que recogía a los palmiters aldaieros y que fue arrastrado por la DANA—, el taller conserva escrituras de finales de los años sesenta y principios de los setenta que acreditan la formalización de la empresa en manos de los hijos del fundador. El suegro de Carlos, tallista de madera, ya rondaba el taller con apenas cinco años y, en los periodos de menor carga de trabajo, decoraba manualmente las varillas de los abanicos, combinando oficios y saberes. Con motivo de esta reapertura, el alcalde de Aldaia, Guillermo Luján, acompañado de concejales y concejalas de su gobierno, ha visitado la fábrica-taller para conocer de primera mano el resultado de la intervención y el proceso de recuperación del negocio. Durante la visita se puso en valor tanto el esfuerzo del artesano por mantenerse en pie como el carácter solidario de la actuación llevada a cabo por Gadddi Atelier.
Hoy, con el taller nuevamente abierto al público y trabajando al cien por cien, Abanicos Guzmán se convierte en símbolo de resistencia, memoria y reconstrucción colectiva. En una Aldaia duramente golpeada por la DANA, su reapertura demuestra que la recuperación también pasa por cuidar la artesanía, el comercio local y los pequeños espacios que dan alma a los barrios.
